Simplicidad

¿Simplicidad vs simplismo?

Simplicidad
Hace un par de semanas leí un artículo del biólogo y socioecólogo, Ramon Folch, publicado en El Periódico, en el que trataba, según titulaba su escrito, de «Rotondas, semáforos y tréboles».

El artículo contenía, entre otras, las siguientes frases: «Detesto las rotondas. La mayoría de las rotondas, quiero decir. Son un buen invento, a menudo mal aplicado. Lo idearon en el Transport Research Laboratory británico, en los años sesenta. Sus roundabout eran una manera sensata de ordenar los cruces, en lugares donde no había demasiado tránsito y con un número equivalente de diferentes opciones de giro. Un descubrimiento genial y constructivamente barato. Pero aplicado en lugares de mucha circulación o con frecuencias de giro decantadas hacia una determinada opción, son una auténtica pesadilla».

Simplificando procesos

Para preguntarse a continuación: «¿Por qué nos cuesta tanto analizar los problemas uno a uno y aplicar para cada caso la solución idónea: cruce simple, rotonda, semáforo, trébol a diferente nivel,…?

Y concluir: «la complejidad y la diversidad van del brazo. El simplismo genera complicación. Hay diferentes soluciones para diferentes situaciones. Pero nos obcecamos en entender la racionalización o globalización como opciones uniformizadoras».

Simplicidad como concepto

En alguno de nuestros, ya múltiples posts, hemos hablado del concepto de la simplicidad, totalmente necesario para combatir el concepto antagónico de la complejidad, y para llevar a cabo dinámicas de mejora continua. Pero como se explica en el artículo, en ocasiones «descubrimos» vías de supuesta simplificación que no hacen más que complicarlo todo un poco o un mucho más.

La reflexión sobre la adecuación de que no todo lo que pensamos y ponemos en práctica, sea apto para cualquier tipo de actividad es brillante, además de evidente, en cuanto lo piensas un poco.

Porque en ese momento, en el de la confusión de lo qué es la simplicidad, caemos en el simplismo más mediocre, que no conduce a la deseada excelencia en la gestión.

Resumiendo: complejidad, no; simplicidad, sí. Pero la auténtica, la que nos ayude a mejorar, y no el mero simplismo, que nos lleva a complicarnos la vida, dado que éste no es más que una forma de camuflaje perversa de nuestra enemiga, la citada complejidad.

Gracias por compartir el artículo

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