Complicarse la vida

¿Por qué nos complicamos tanto?

Complicarse la vida
Tuve oportunidad de tomar la foto que acompaña a este «post», hace unos años en el metro de París. No recuerdo en qué estación.

La he tenido conmigo durante este tiempo y, de vez en cuando, en el momento que tenía algún problema, la observaba y quedaba «aliviado» al pensar en los pobres técnicos que tuvieran que actuar alguna vez en esa instalación. Si, ya sé, como dice el dicho, que «mal de muchos es consuelo de tontos», pero qué le vamos a hacer.

Ciertamente, la foto estremece. Me pregunto: ¿hacen falta todos esos cables?, ¿no han podido instalarlos de otra manera?, ¿funcionan?, ¿cómo sabrán qué tocar, en caso de avería?, ¿nadie ha pensado en «adecentarlos» mínimamente?

El argumento me lleva al concepto de complejidad, como antítesis del de simplicidad y quiero llevarlo más allá de la pura técnica a la que podría conducir la fotografía.

¿Cuánto nos complicamos la vida?

Profesional (y personal, también, por qué no?). Veamos algunos ejemplos:

1.- Respecto a productos.

En muchas ocasiones, diseñamos productos con un exceso de elementos que van a tener muy poca utilidad, incurriendo en lo definido como «lujo técnico». Algo superfluo, en definitiva. ¿Cuántas veces pasamos hacia adelante productos no maduros, que complican sobremanera el trabajo de nuestros clientes internos?

2.- Respecto a los procesos.

Diseñamos procesos y flujos enrevesados. «La fábrica en la que no se comprende el flujo de materiales, es que no está bien organizada». ¿Cuántas vueltas dan nuestros empleados y productos? ¿Cuántos kilómetros recorren? ¿Cuántas operaciones sin valor añadido tenemos?

3.- Respecto a la gestión.

El exceso de burocracia «corrompe» a nuestras empresas. ¿Por qué tantos informes? ¿Para qué sirve tanta estadística? ¿Qué obtenemos con algunos indicadores de gestión?

Para finalizar, recuerdo en mis tiempos trabajados en la industria automovilística, un ejemplo de dos empresas similares, con dos coches semejantes, como una de ellas estableció hasta diez colores diferentes en una de las piezas que realizábamos, mientras que la otra, sólo tenía uno. O sea, la complejidad era diez veces mayor. En este caso, en el nombre de unas ventas que supuestamente llegarían. Pero ¿qué aportaba realmente esa complejidad? La respuesta es «casi nada».

El ser humano tiende a la complejidad, en muchos casos, para ocultar la «insoportable incompetencia» que nos envuelve, que nos hace no ser simples, sencillos y directos, en nuestros planteamientos y acciones.

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