excelencia

El pasado mes miles de estudiantes volvían a la escuela para iniciar el nuevo curso. Durante toda su infancia y parte de su adolescencia el alumno repetirá este periplo año a año y, ya podemos adelantar, que no siempre culminará de forma satisfactoria. En realidad, los resultados del sistema son francamente pobres.

Según los parámetros de control y evaluación establecidos por la propia administración los niveles de fracaso escolar superan el 25%, entendiendo este fracaso como el abandono de los estudios antes de finalizar la educación obligatoria. Obtenemos este resultado que dobla el valor promedio de los países europeos con un sistema extremadamente caro. Un sistema que tiene un coste por alumno un 15% superior y un ratio de alumnos por profesor inferior respecto a los mismos países europeos de referencia.

Si recordamos que la educación obligatoria tiene la misión social de preparar al alumnado para desarrollarse en su futura vida personal y profesional, podríamos llegar fácilmente a la conclusión de que más de una cuarta parte de la población no tiene aptitudes para vivir y relacionarse en nuestra sociedad. Afortunadamente, la sociedad ofrece muchas más oportunidades a las personas que el sistema educativo.

En realidad, podemos afirmar que esta situación tan habitual en la que los alumnos se sienten expulsados del sistema se acentuará en el futuro si el formato educativo actual se mantiene invariable. La formación ha muerto. No en un sentido estricto, pues la transmisión de conocimientos sigue siendo una actividad necesaria de valor añadido. En realidad, lo que ha muerto es tanto el sistema como el formato actual de formación. Por desgracia algunos formadores, educadores y gestores todavía no lo saben, de modo que pretenden mejorar el sistema con pequeños ajustes.

Una formación de Excelencia.

Durante una gran parte de nuestra vida profesional, nuestra actividad se ha vinculado de forma más o menos directa a la formación. A lo largo de los últimos quince años, hemos formado a miles de alumnos que se encontraban en distintas fases de su desarrollo vital, por lo que atesoramos un abanico de experiencias que va desde la universidad hasta el desarrollo de programas de capacitación para profesionales a lo largo de su vida laboral.

A pesar de que nuestra experiencia se concentra mayoritariamente en el entorno nacional, durante todo este tiempo hemos formado a personas de más de cuarenta nacionalidades en cuatro continentes.

Con todas estas experiencias acumuladas, podemos afirmar a día de hoy que, no importa el país o la cultura con la que estemos trabajando, la estructura tradicional de la formación ha muerto y el alumno, entendido como un receptor pasivo de conocimientos, se rebela contra este rol preasignado exigiendo que se le reconozca un protagonismo que el sistema actual le está negando.

Es por ello que la formación del futuro no se reduce a una pequeña reforma del sistema actual. La formación del futuro debe ser capaz de colocar en el centro del programa al propio alumno de forma que éste sea quien, experimentando de forma abierta y participativa sea capaz de crear el conocimiento. Y en este entorno, para que el sistema funcione el formador debe abandonar su rol tradicional de instructor y asumir las funciones de guía del proceso educativo.

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